Capítulo 9
Capítulo 9 – Costura
Antes de que saliera el sol, Tiana ya se había levantado. Se deslizó cuidadosamente fuera de la cama y se quedó un rato quieta. Yo fingía seguir dormido, pero podía sentir su mirada en mi rostro. Después de eso, salió de la habitación intentando no hacer ruido. Me quedé envuelto en el calor y el olor que había dejado en la cama, y terminé quedándome dormido de nuevo. Para cuando desperté, ya olía a comida dentro de la casa.
Viviendo solo, siempre terminaba cenando tarde y durmiendo hasta el último minuto, así que casi nunca desayunaba. Era demasiado esfuerzo preparar algo. Pero si la comida aparece lista justo cuando me levanto, es otra historia. Se agradece. Comí una especie de papilla de granos cocidos en leche. Un poco suave de sabor para mi gusto, pero perfecta para despejarme.
Apenas terminamos, Tiana se puso a trabajar de inmediato, girando por la casa como un torbellino. El día estaba tan soleado que la ropa que había lavado se secó temprano. Después de que se cambiara, salimos a comprar. Le dije que le iba a comprar ropa, pero insistió por todos los medios en que era un gasto innecesario. Al final, terminé comprando tela, hilo y agujas.
Mientras hacíamos las compras, sentí algo raro. Me tomó un momento darme cuenta: la actitud del pueblo había cambiado. Antes, mucha gente evitaba mirarme y los dueños de las tiendas hablaban lo mínimo indispensable. Pero hoy era distinto. Supongo que influye que Tiana saluda con mucha educación, pero incluso conmigo la gente estaba más habladora.
En la tienda de comida, la dueña incluso me regaló fruta sin que la pidiera.
—Toma esto. Tiene algunos golpecitos, pero sabe bien. Dáselos a la niña. Dicen que ayuda a que la piel se mantenga bonita.
—Ah… gracias.
—Es una buena chica. Muy dedicada. Con solo verla dan ganas de apoyarla.
Luego pasamos por la tienda del viejo Bokk, que me recibió con una sonrisa traviesa.
—Vaya, vaya. Cuando me pediste reparar esas joyas pensé que tramabas algo raro… y ya veo qué era.
No, no era nada especial. Solo que venderlas en el castillo real me da un 30% más que en este pueblo.
—Tienes buen gusto, para ser tú. Niña, ¿puedes mostrarme tus orejas?
Tiana me miró. Yo, ya cansado de discutir, asentí sin ganas. Ella se recogió el cabello y el viejo le colocó los aretes. Luego le señaló un espejo grande en la esquina.
—Míralos tú misma. Te quedan muy bien.
Tiana fue al espejo y movió el rostro de lado a lado, revisándose.
El viejo Bokk se inclinó hacia mí y murmuró:
—Oye, Harris. ¿De dónde sacaste dinero para comprar una chica así? Está algo flaquita, pero no es algo que cualquiera pudiera pagar.
—Tuve un buen trabajo, eso es todo.
—¿Aun así? ¿No te costó menos de diez monedas de oro, verdad?
Me encogí de hombros.
—Además, se comenta desde la mañana que la estás tratando como todo un caballero. Que pareces un santo paladín, dicen.
—Ya… claro.
—Vamos, dime la verdad. Con la confianza que nos tenemos, hombre. ¿Qué planeas? ¿Ya intentaste algo?
—No te metas.
Tiana regresó y dejamos de hablar.
—Amo… esto… ¿de verdad es para mí?
—¿No te gusta?
—No, no. Es muy bonito. Solo que… es demasiado para alguien como yo.
—Si te gusta, está bien. Bokk, gracias por todo.
Al salir de la tienda, Tiana se inclinó casi hasta tocar el suelo.
—Muchísimas gracias. Los cuidaré mucho.
—Sí, sí.
Tiana caminaba dando pequeños saltitos detrás de mí, feliz. Cada paso hacía que los aretes se movieran y brillaran en azul, alcanzando el borde de mi visión.
Al llegar a casa, le dije que lo primero era hacerse ropa nueva para ella.
—La que llevas no es suficiente. Y no vas a salir a comprar usando ropa mía, ¿verdad?
—Sí, entendido.
Le tomó dos días terminar una túnica… y bueno, era un caso difícil de describir. El corte no estaba mal, pero la costura era un desastre. Había partes con demasiadas puntadas y partes donde faltaban centímetros enteros. Sus dedos estaban llenos de pequeñas marcas de pinchazos de aguja.
—Sí… la verdad es que nunca fuiste muy buena con la costura.
—Sí…
Tiana bajó la cabeza, completamente desanimada. Apenas dije eso me arrepentí, pero ya era tarde.
A mí no me importaba mucho, pero era verdad que la costura era considerada una habilidad básica para una chica de su edad. Viéndola tan triste, tuve que pensar rápido… y se me ocurrió una idea.
—Bueno, entonces, ¿por qué no me haces mi ropa interior?
—¿La suya?
—Sí. La que uso ya está vieja. La tela está gastada. Si algún día me hieren y me llevan al templo, sería un poco vergonzoso.
—¿Puedo hacer algo así? ¿De verdad?
—¿Quieres que me la haga yo mismo?
—No…
Tiana levantó la cabeza, con una expresión decidida.
—Haré todo lo posible.
Después de unos cuatro días, llegó corriendo con la ropa interior terminada y me miró con ojos llenos de expectativa. La revisé por delante y por detrás. Sí, al menos se veía progreso.
—Está bastante bien hecha.
Ella apenas reaccionó. Quizá debí exagerar el elogio. Antes de que pudiera decir algo más, me miró fijamente y dijo:
—¿Podría probársela ahora mismo?
—Ah… bueno, sí, puedo…
Intenté ir a otra habitación, pero me detuvo.
—Aquí, por favor.
—No, no. Cambiarme la ropa interior delante de alguien no es muy… normal.
—¿Por qué no?
—Porque… bueno, uno no va enseñando su ropa interior a cualquiera.
—Pero el otro día, cuando le lavé la espalda, no le importó.
La forma en que Tiana avanzó hacia mí me dejó sin palabras.




