Capítulo 1
Capítulo 1 – Encuentro
¡Boom! Un sonido bien fuerte retumbó.
Mientras el anochecer cubría todo, enormes flores de luz estallaban sobre el castillo de muros blancos, pintando el cielo con rojos, amarillos y otros colores. Los magos exclusivos del castillo lanzaban fuego artificiales como si su vida dependiera de ello, haciendo que el festival anual de agradecimiento se pusiera a tope.
Cruzamos la avenida llena de gente y abrimos la puerta de la Compañía Marc. Alzando la mano llamé a un empleado conocido y puse sobre el mostrador el botín que habíamos traído de la mazmorra: un amuleto con bendición, un par de piedras preciosas chiquitas y un buen escudo pequeño. En total, lo compraron por unas veinte monedas de oro.
Ahí mismo repartimos las ganancias. Contando también unas monedas que había conseguido por mi cuenta, al dividir entre seis, mi parte quedó como en cuatro monedas de oro y un poco más. Si no me daba la gran vida, podía rascarme la panza como dos meses. Guardé el dinero y me despedí de los miembros temporales del grupo. El guerrero Bash me habló.
—¿No quieres echarte un trago para celebrar?
—Paso, gracias. Nos vemos.
Ignoré los comentarios de que era un tipo antisocial y salí de la compañía, entrando a la taberna que me quedaba más a la mano.
El lugar estaba llenísimo por el festival, pero al decir que era uno solo me mandaron a una mesa en la esquina. Pedí una jarra de cerveza y unos bocaditos, y me puse a festejar en solitario. Igual, ir a beber con esos tipos no tenía nada de divertido. Pensando eso, me vino a la mente la cara bonita de Alia, la sacerdotisa, y de Eisha, la maga.
Si hubiera tenido chance de acercarme a ellas, tal vez hubiera ido… pero la posibilidad de que se fijaran en alguien como yo era más baja que la de volver vivo solo desde el tercer piso hacia abajo de la mazmorra. Se les notaba lo bien educadas y refinadas que eran; no iban a perder el tiempo con un ladrón venido a menos como yo. Al menos no me trataban como los guerreros de vanguardia, que a mis espaldas me llamaban “carga inútil” que no ayuda en combate… pero aun así, no había forma de que quisieran pasar una noche conmigo.
Llamé a la mesera que me trajo el siguiente trago.
—¿A qué hora sales hoy?
La chica me miró de reojo y me sonrió por compromiso, pero su respuesta fue seca.
—Con este relajo del festival, hasta la mañana.
Mientras veía con pena su trasero redondito alejarse, me tomé de un golpe el refil de cerveza. Bajé la mirada hacia mi ropa. Una armadura de cuero parchada, y una espada corta con el mango todo despintado. Suspiré. Sí, era verdad: para ligar estaba vestido como un mendigo. Ni de chiste parecía alguien con dinero.
Miré alrededor buscando a quién más hablarle. En la mesa de al lado había un grupo de mercaderes tomando, pero ni estaban animados. Los oí murmurar entre ellos.
—…La Princesa Dragón Divina desapareció… que fue un secuestro brutal… incluso se habló de cancelar el festival, pero… el próximo año…
Después intenté hablar con varias otras meseras, pero todas me batearon. Solo aumentaba la pila de jarras vacías. Dejé dos monedas de plata sobre la mesa y me paré. Cuando dije que no necesitaba vuelto, la mesera me vio con cara de sorpresa, pero ya me daba igual. Tenía plata en los bolsillos; podía darme el lujo de comprar una prostituta de lujo, cosa que normalmente ni soñaría.
Caminé tambaleándome hacia el distrito rojo. Ya había pasado por ahí varias veces, así que sabía dónde era. En el camino, una vieja con un puestito de adivinación me dijo que veía “mala suerte con mujeres” en mi fortuna. La ignoré, obvio. Mientras miraba las caras de las chicas que se asomaban por las ventanas, fui revisando varios locales. Los de más alto nivel estaban fuera de mi alcance, pero en los de rango medio podía pasarla bastante bien con lo que llevaba encima. Recordé algo que me había dicho un guerrero con el que había trabajado antes.
—No, de verdad es como el cielo. Nada que ver con las mujeres de por ahí. Su piel es tan suave que te derrites. Y… bueno, lo otro también es increíble, con los dedos y la lengua… Nomás recordarlo ya me pongo listo. Cuando tengas dinero, ve al menos una vez antes de morir.
Ese guerrero, según escuché, pisó una trampa en la mazmorra hace unos días y salió volando. Parece que no escuchó cuando yo le dije que no fuera tacaño y contratara a un ladrón profesional de verdad para su grupo.
Mi clase registrada oficialmente era Explorador. Como últimamente el reino estaba cansado de los ladrones que operaban no solo en las mazmorras, sino también en la ciudad, habían empezado a perseguirlos a fondo. Por eso había menos ladrones buenos, y los aventureros la pasábamos peor en las expediciones. La ventaja era que ahora yo podía exigir una parte igual del botín, cosa que antes no podía hacer.
Me fijé en una chica hermosa con cintura delgada y pechos del tamaño de un melón. En su ventana había tres rosas decorando el marco. Eso significaba que pasar una noche con ella costaba tres monedas de oro. Nunca había entrado a un local donde hubiera rosas; a los de lirios sí, pero a estos nunca. Cuando me acerqué a la entrada, un hombre con cota de malla fina y capa negra se puso enfrente.
—¿A dónde cree que va?
Me bloqueó el paso con una actitud educada, pero claramente condescendiente.
—¿Qué? Tengo dinero, ¿sabes?
El hombre sonrió apenas.
—Venga ya. No sé de qué pueblo habrá venido, pero en este lugar cobramos en monedas de oro. Debe estar confundido.
Estaba borracho, pero no tanto como para sacar mis monedas en medio de la calle.
—Solo déjame pasar. Te digo que sí tengo dinero.
—Aunque pudiera pagar, usted no encaja con la imagen del local. Si sigue por la calle, encontrará sitios más baratos.
El hombre dejó de fingir educación.
—Lárgate.
Después de eso, en varios locales me trataron igual. De tanto discutir, se me secó la garganta y compré más alcohol en un puesto callejero. A partir de ahí, ya no recuerdo nada con claridad.
Cuando abrí los ojos, sentí que me partía la cabeza. La espalda me dolía como si hubiera dormido sobre piedras… lo cual, al parecer, era exactamente lo que había pasado. Incorporándome entre la neblina de la mañana, noté algo enrollado contra mi abdomen, cubierto con mi capa. Se movió un poco y asomó la cara.
Era una chica, con ojos marrones tirando a rojizos. Ella habló con timidez.
—B-buenos días…




