Capítulo 3
Capítulo 3 – Tiana
Al final, me rendí con la idea de que el comerciante se llevara de vuelta a la chica. Sobre todo porque el precio que ofrecían era ridículamente bajo. Además, ahora que podía verla un poco mejor, me di cuenta de que, sorprendentemente, no tenía una mala cara. Vestida con esos trapos sucios parecía peor que una niña vagabunda, pero si se le limpiaba y cuidaba, tal vez podría mejorar. Y además… era una esclava. Podía seguir mis órdenes.
No sabía cómo sería en un burdel de lujo, pero según mi experiencia, ninguna prostituta se mostraba muy entusiasmada conmigo. Algunas solo se tiraban sobre la cama como si fueran un pescado en el suelo del mercado. En cambio una esclava… bueno, depende de mí.
Aunque, siendo sincero, tal como está ahora, no hay forma de pedirle nada. Estaba demasiado delgada, la ropa rota dejaba ver sus costillas marcadas.
Era tan menuda que parecía un niño. Hasta cualquier hijo de algún ricachón estaría mejor alimentado que esta pobre chica. En esas condiciones no podía esperar nada. Si algún día quisiera pedirle que hiciera algo por mí, primero debía recuperarse. Y bueno, ya crecería… al final, es mía.
Tiana parecía aburrida, pero cuando me acerqué levantó la mirada tímidamente. Al juntar las manos, pude ver otra vez las uñas arrancadas que tenía. Eso debía arreglarlo antes que nada. Con esas manos no podría sostener nada sin lastimarse. Con una pequeña donación en el templo podrían curarle esas heridas. La cicatriz de la mejilla también, aunque parecía vieja, y no sé si me alcanzaría el dinero para borrarla del todo.
Por lo pronto decidí preguntarle su nombre.
—¿Cómo te llamas?
—Tiana.
—Yo soy Harris. Como ves, soy aventurero.
—Sí. ¿Puedo llamarlo… amo?
—¿Eh?
—Pensé que quería devolverme porque no le agradé…
—Ya no. Yo soy tu amo.
El rostro de Tiana se iluminó de golpe. Se puso de pie y se inclinó.
—Sí, amo.
—Vamos.
La guié hacia la torre que sobresalía en la plaza. En el templo expliqué a qué venía. El sacerdote de la recepción nos miró con desdén cuando vio el estado de Tiana. Evité discutir y fui directo a preguntar cuánto costaría la curación, pero entonces escuché una voz conocida.
—Ah, ¿Harris? ¿Usted por aquí?
Era Alia, la sacerdotisa con la que había trabajado hasta ayer. Hoy no llevaba el equipo de expedición, solo un atuendo sencillo. Eso la hacía ver más relajada, más femenina.
—Deberíamos haber celebrado más ayer —dijo con cortesía.
Respondí algo por compromiso, y ella preguntó:
—¿Necesita algo?
—Sí. Quiero que atiendan a Tiana.
Puse a la chica frente a ella. Tiana bajó la cabeza enseguida.
—Tiene algunas heridas… Quiero que las curen.
Le pedí que mostrara los brazos.
—Qué horror… ¿Usted hizo esto, Harris?
La voz de Alia se volvió dura.
—Que alguien se atreva a hacerle algo así a quien no puede defenderse… Me equivoqué con usted. Supongo que es normal para alguien que trabaja en oficios tan… bajos.
Ese tipo de comentario ya me lo habían hecho mil veces. Al final, por más que me llame aventurero, para muchos solo soy un ladrón con licencia. Ni caso tiene responder.
Iba a insistir con el precio, cuando escuché la voz desesperada de Tiana.
—¡No es así!
Los presentes voltearon a mirarla. Tiana tragó saliva, pero siguió hablando.
—Mi amo nunca me hizo daño. Ha sido muy bueno conmigo. Cuando temblaba de frío me prestó su manto, y cuando tenía hambre me dio su comida sin quedarse nada para él. Esto no es culpa de mi amo.
El sacerdote de recepción y Alia se quedaron sin palabras. Yo también.
Tiana miraba a Alia con decisión, sin retroceder ni un paso.
Unos segundos después, Alia inclinó la cabeza solemnemente.
—Harris… Mis disculpas. Lo juzgué mal.
Luego se volvió hacia Tiana y también se inclinó.
—Espero que esto te parezca suficiente.
—…Sí.
—Yo me encargaré personalmente. Déjenlo en mis manos.
El sacerdote de recepción se marchó a atender a otros fieles.
—Como servidora de los dioses, jamás debí decir lo que dije. Como disculpa, me encargaré del tratamiento de Tiana y no deberán donar nada. Lo hago por agradecimiento, por recordarme que no debo juzgar a las personas por su apariencia o trabajo.
Sin darme tiempo a reaccionar, Alia le tendió la mano a Tiana.
—Ven. Antes de curarte, será mejor que te bañes.
Empezó a caminar llevándosela, y me dijo:
—Puede esperar en la capilla. No tardaremos demasiado.
Yo no tenía interés en nada religioso, pero me senté en una banca a esperar.
Al cabo de un rato, Alia regresó con Tiana. Esta vez llevaba ropa limpia, sencilla pero nueva. La luz de la ventana hacía brillar su cabello castaño claro. Seguía muy delgada, pero ya no arrastraba el pie, olía bien y sus manos estaban limpias y curadas.




