Capítulo 4
Capítulo 4 – El Ataque
Nos guiaron hasta el comedor para los creyentes, donde nos ofrecieron algo de beber. Con una mirada llena de ternura, Alia observaba a Tiana, que sostenía la taza con las dos manos. Cuando Tiana se retiró con mi permiso, Alia bajó la voz y empezó a hablarme.
—Esa niña… parece que ha sufrido muchísimo hasta ahora. Cuídala, por favor.
—…Sí.
—Al parecer tenía más hermanos, pero aun así sus padres la eligieron solo a ella para venderla. Decían que era un trasto inútil. Me lo contó cuando estaba medio adormilada por la magia de curación. Por eso estaba tan desesperada… pobre niña.
Alia relajó las cejas que había mantenido fruncidas.
—Pero usted es increíble, señor Harris. Logró abrir el corazón de esa niña tan rápido. Ella confía completamente en usted. Me dijo que, aunque su vida ha sido pura miseria, ahora siente que por fin todo vale la pena.
Mientras veía las lágrimas brillar en los ojos de Alia, yo solo observaba a esta sacerdotisa, que estaba armándose su propia película mental. ¿Hoy es día de ofertas en malentendidos o qué? Sus manos suaves atraparon las mías.
—No darme cuenta de lo maravilloso que es usted… mis ojos estaban nublados. Incluso entre quienes usan técnicas de ganzúas o desarme de trampas puede haber buenas personas.
Metió una mano dentro de su túnica y sacó una pequeña placa metálica fina, templada con el calor de su piel. Estaba grabada con símbolos sagrados y un emblema complicado. Me la entregó.
—Este es el distintivo de la Asociación de Amigos. Con esto, podrá recibir tratamiento en cualquier templo. Le pedí que añadieran su nombre y el de Tiana.
—Muchas gracias.
Apenas pude responder.
—Ah, y sobre la herida de su mejilla: aún se nota un poco, pero pronto irá desapareciendo, así que no hace falta un segundo tratamiento. La piel de su rostro también está algo irritada, pero es joven, así que en un mes debería estar perfecta. Si abuso de la magia podría causarle efectos secundarios.
Mientras yo solo asentía, una voz vino desde un lado.
—Amo… perdón por hacerle esperar.
Tiana inclinó la cabeza. Me impresionó verla tan presentable; comparada con su aspecto de esta mañana, parecía otra persona. Tal vez Alia es más alta sacerdotisa de lo que pensaba.
Alia se puso de pie y se inclinó.
—Tengo deberes que atender, así que me retiro. Que la bendición de Dios esté con ustedes.
Dicho eso, se marchó.
Guardé la placa de tratamiento gratuito con sumo cuidado. Salvo heridas que te arranquen brazos o piernas, garantizaba curación de casi cualquier herida o veneno para el portador, y conseguir una era dificilísimo. Había escuchado que, si quisieras comprar una, costaría unas cien monedas de oro.
Me levanté, salimos del edificio y atravesamos los terrenos del templo, regresando a la ciudad. Como aún era temprano, decidí comprar comida no perecedera para tener provisiones en el viaje de regreso. Para dos personas, el peso empezaba a ser considerable. Detuve a Tiana cuando intentó ofrecerse a cargarlo. A simple vista aún parecía frágil; hacerla caminar distancias largas cargando peso sería una mala idea.
Para mi sorpresa, Tiana resultó ser bastante ágil.
—Gracias a usted me pudieron curar las piernas. Me es muy fácil caminar.
Lo dijo con una voz suave y agradecida, casi como si cantara. Con otras personas todavía se ponía nerviosa, pero conmigo hablaba como campanitas.
Tras acampar unos siete días, llegamos al punto más complicado del camino. Evitamos la ruta principal por un atajo de montaña, y eso terminó perjudicándonos. Tres orcos, con esas caras horribles de cerdo, nos detectaron en el sendero y empezaron a perseguirnos desde atrás. No era común ver orcos fuera de un calabozo; quizá había surgido una entrada nueva cerca.
Fuera de un calabozo, pocas veces me atacaba basura como esta. El motivo se aclaró enseguida: el objetivo era Tiana. Los orcos, por alguna razón enferma, se reproducen violando hembras de otras razas. En aldeas remotas a veces se oyen casos de mujeres secuestradas que nunca regresan.
Miré a un lado y Tiana estaba pálida, temblando como una hoja. Al parecer sí conocía las historias sobre orcos. Le tomé la mano y aceleré la subida. Más adelante había un paso estrecho donde cabía apenas una persona. La apuré a avanzar. Cuando miré hacia atrás, los orcos venían babeando, con el rostro deformado de lujuria.
—A-Amo… así nos atraparán. Déjeme atrás, por favor…
Tiana jadeaba, casi sin aire. Intentó empujarme hacia el desfiladero para que yo escapara. El paño de la cintura de uno de los orcos estaba grotescamente levantado; ya podía imaginar qué pretendían.
—No digas tonterías. ¿Sabes bien lo que te pasaría si te atraparan?
—Pero destruirán a mi amo… No he podido pagarle su bondad todavía, pero… ¡por favor, corra!
Intentaba empujarme con sus delgados brazos, llorando.
Pero ni sus súplicas desesperadas detuvieron a los orcos, que llegaron hasta nosotros.
—Gufufu… vamos a divertirnos rápido.
—A la pequeña la quiero yo…
Mientras los oía soltar sus estupideces, toqué suavemente la mano temblorosa de Tiana para tranquilizarla. Luego me adelanté para protegerla.




